La casa de campo de la abuela Elena, que debía ser un refugio de paz, se había convertido en el epicentro de una tormenta invisible. El estrés de las últimas horas —la visita de Mateo, los gritos de Alexander por teléfono y la lectura de los correos que detallaban el asesinato corporativo de sus padres— finalmente cobró su factura. No fue un dolor agudo lo que despertó a Sofía a las tres de la mañana, sino una presión sorda y constante en la base de su vientre, un aviso de que el cuerpo ya no podía sostener más peso, ni físico ni emocional.—Aún no —susurró Sofía, aferrándose al borde de la mesa de la cocina—. Por favor, pequeño, todavía no es el momento.Pero el destino, al igual que los secretos de los Thorne, no sabía esperar.Mientras Sofía luchaba con las primeras contracciones en la soledad de la casa de campo, el mundo exterior estallaba. Alguien —quizás un empleado resentido o un aliado de Julian Vane— filtró a los principales tabloides una serie de documentos que confirmaban
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