El aire en el salón de gala se había vuelto una sustancia densa, casi sólida, que dificultaba la respiración. Bajo el resplandor carmesí de las luces de emergencia, los rostros de los Nueve se asemejaban a máscaras de teatro antiguo: expresiones congeladas de desdén, miedo y una soberbia que se negaba a morir incluso cuando los cimientos de su mundo temblaban. La Torre Thorne, privada de su cerebro digital, se sentía como un organismo moribundo, pero dentro de sus paredes, la guerra psicológica estaba alcanzando su punto de ebullición.Sofía no se había movido. Permanecía de pie, con la mano izquierda apoyada suavemente sobre la superficie de la mesa, mientras que la derecha sostenía el cuchillo de plata con una naturalidad aterradora. Su mirada, oscura y profunda, no se apartaba de Lady Vane. Alexander, a su lado, sentía la electricidad estática de la furia de su esposa, una fuerza que le daba un ancla en medio del caos. Pero el Consejo, experto en desmantelar almas, sabía que el ata
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