La Torre Thorne no era simplemente un edificio esa noche; era una entidad palpitante de acero, cristal y secretos, elevándose sobre el horizonte de Nueva York como un faro para los condenados. Las nubes bajas y cargadas de nieve se arremolinaban alrededor de la aguja, ocultando las cámaras de alta definición y los nidos de francotiradores que Marcus había apostado en los niveles técnicos. Faltaban apenas tres horas para que los ascensores privados transportaran a los nueve miembros restantes de