La Torre Thorne, una vez el faro del progreso tecnológico y la joya de la corona del poder financiero de Manhattan, se había transformado en un cadáver de acero y cristal que gemía bajo el peso de su propia destrucción. El silencio absoluto que debería haber seguido al apagón total fue reemplazado por un coro de sonidos industriales agónicos: el crujido de las vigas de soporte enfriándose, el siseo de las tuberías de vapor rotas y el eco rítmico, casi cardíaco, de los disparos de los escoltas d