El despacho de Richard Thorne, una vez un santuario de caoba, cuero y decisiones que alteraban el curso de naciones, se había convertido en una cripta de sombras teñidas de carmesí. El aire era denso, saturado con el olor agrio de la pólvora quemada y el polvo de yeso que caía de las molduras del techo tras el estallido del pulso electromagnético.
Alexander Thorne permanecía de pie frente a la caja fuerte abierta, con los documentos que representaban el alma del Motor apretados contra su pecho