El aire en el salón de gala se había vuelto una sustancia densa, casi sólida, que dificultaba la respiración. Bajo el resplandor carmesí de las luces de emergencia, los rostros de los Nueve se asemejaban a máscaras de teatro antiguo: expresiones congeladas de desdén, miedo y una soberbia que se negaba a morir incluso cuando los cimientos de su mundo temblaban. La Torre Thorne, privada de su cerebro digital, se sentía como un organismo moribundo, pero dentro de sus paredes, la guerra psicológica