La habitación estaba sumida en una penumbra acogedora, rota únicamente por la luz plateada de una luna llena que se filtraba entre las ramas desnudas de los robles exteriores, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre el suelo de madera. El aroma a antiséptico, jabón neutro y vendas limpias todavía emanaba del torso de Alexander, pero el dolor físico era apenas una nota sorda, un zumbido lejano comparado con el estruendo de sus pensamientos. Con movimientos calculados para no despertar a Arthur y Lucía, que dormían profundamente en una cama nido a los pies de la principal, envueltos en el calor de mantas de lana, Alexander se deslizó bajo las sábanas.Sofía estaba allí, esperándolo. No dormía; sus ojos, dos pozos de inteligencia insondable, brillaban en la oscuridad, fijos en el techo mientras procesaba una realidad que minutos antes parecía una fantasía inalcanzable. Alexander se acercó a ella, sintiendo el calor de su cuerpo como un ancla, y la rodeó con un brazo, atrayéndo
Leer más