La opulencia del salón de gala de la Torre Thorne, que apenas unos minutos antes parecía un testamento a la civilización y el orden, se convirtió en una jaula de oro bajo el asedio de la traición. Los nueve miembros del Consejo se habían sentado a la mesa con la parsimonia de quienes se saben dueños de la realidad, ignorando que cada plato servido y cada copa de cristal soplado eran parte de un escenario diseñado para su juicio.
Alexander, en la cabecera, proyectaba la imagen del rey que recup