El resplandor carmesí de las luces de emergencia de la Torre Thorne bañaba el salón de gala con una tonalidad que recordaba a la sangre estancada. La atmósfera, cargada de ozono y del aroma metálico de los circuitos quemados, era una cuerda de piano tensada hasta su punto de ruptura. Alexander Thorne, el hombre que había construido un imperio de hierro sobre las cenizas de su pasado, permanecía en un estado de parálisis emocional.
Las palabras de Fidelia Brown sobre el supuesto suicidio de su p