El ático de Manhattan, que durante meses había sido un hervidero de actividad tecnológica y conspiraciones globales, se sumergió en una quietud antinatural. No era el silencio de la paz, sino el de una tumba de lujo esperando ser sellada. Mientras en la azotea Simón y Gema intentaban desesperadamente aferrarse a la normalidad de una cita bajo las estrellas, en las entrañas de la residencia Thorne-Lennox, el destino de la próxima generación se estaba escribiendo en códigos de acero y sangre.
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