El aire en el laboratorio de la fortaleza era denso, cargado de una estática que hacía que el vello de los brazos de Sofía se erizara. En las pantallas gigantes, un pequeño punto carmesí avanzaba con una lentitud agónica a través del entramado de calles de Queens. Era el transmisor de Alexander. Cada vez que el punto se detenía en un semáforo o giraba en una avenida congestionada, el corazón de Sofía daba un vuelco. Ella no era una mujer que sudara por nerviosismo, pero en ese momento, una gota de sudor frío recorría su columna vertebral. Estaba viendo la vida de su esposo deslizarse por un mapa digital, moviéndose hacia el epicentro de una tormenta de balas.A su lado, Simón parecía una estatua de sal. Sus dedos, habitualmente rítmicos y frenéticos, se habían congelado sobre el teclado.De repente, una de sus pantallas privadas, una que no estaba conectada a la red principal del búnker, parpadeó con un tono ámbar. Era una frecuencia de radio de onda corta, algo que Simón había confi
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