La tarde en los jardines de la casona de las afueras tenía una calidad de calma. El aire frío de febrero mordía las mejillas, pero el sol brillaba con una intensidad engañosa, filtrándose entre las ramas desnudas de los robles. Sofía caminaba por el césped agostado, observando a los niños. Arthur gateaba con energía sobre una manta térmica, mientras la pequeña Lucía, aún silenciosa y con la mirada cautelosa, jugaba con unas hojas secas bajo la sombra del gran sauce.A unos metros, sentado en su silla de ruedas y envuelto en una manta de lana pesada, estaba Williams, el abuelo de Gema. Sus ojos, antes nublados por una niebla cognitiva que parecía impenetrable, estaban fijos en el horizonte. Desde que los Thorne lo rescataron, Williams había sido un mueble más en la fortaleza: un hombre roto por el tiempo y el trauma, un recipiente vacío de recuerdos que no lograban conectar.Sofía se acercó a él, dejando que Arthur jugara cerca de sus pies. Se sentó en un banco de piedra, suspirando. E
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