La Torre Thorne no solo era un triunfo de la ingeniería moderna; esa noche, era una caja de resonancia para el destino. A las 8:00 p.m. exactas, el asfalto de la Quinta Avenida vibró bajo el peso de una flota de vehículos negros que avanzaban con la precisión de un cortejo fúnebre. No había sirenas, ni luces estroboscópicas, ni anuncios. El poder real no necesita ruido; se manifiesta en el silencio que impone a su alrededor.
Desde el centro de mando, Simón observaba las cámaras de seguridad per