El amanecer en París llegó silencioso, casi tímido, como si la ciudad presintiera que aquel día no era uno cualquiera. Los primeros hilos de luz se filtraban por las cortinas blancas de la habitación de Amanda, acariciando la alfombra, rozando los muebles antiguos, trepando lentamente por la cama hasta alcanzar a la joven que permanecía sentada, envuelta en una suave bata color marfil. Sus rodillas estaban recogidas contra el pecho y sus manos aún temblaban, no de frío, sino de una mezcla oscura de ansiedad, temor y resignación.Había pasado la noche en vela después de que Jared la dejó. No podía dormir.Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Enzo. Su sonrisa. Sus promesas. Su voz diciéndole que la amaba. Y luego, como un latigazo que aún la desgarraba por dentro, recordaba la traición, la falsedad, la humillación de haber sido un simple eslabón para sus ambiciones.Le dolía. Le dolía demasiado. Y aun así... aun así, ese no era el pensamiento dominante aquella mañana.No.Lo
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