El silencio del amanecer parisino envolvía la mansión Portal mientras Amanda descendía por las escaleras con su vestido beige cuidadosamente elegido por su madre. Sus padres la esperaban en la entrada, ambos con la tensión reflejada en el rostro, ambos temiendo por el día que les aguardaba. Pero al ver a su hija luciendo dignidad en medio del caos, se incorporaron, decididos a sostenerla sin importar lo que viniera.
Lucia acarició la mano de Amanda, esa mano que temblaba desde la madrugada.
—Vamos, cariño —susurró—. No estás sola. Papá y mamá estarán siempre contigo, para sostenerte si piensas que vas a caer aquí estaremos para ser tu sostén.— Lucia habla con mucho cariño como queriendo ser el ancla definitivo de su hija.
Carlos colocó una mano firme en la espalda de su hija, conduciéndola hacia la salida. Amanda inspiró profundamente. No quería llorar; se prometió a sí misma no derrumbarse. No ese día. Ya lloró bastante en su día de bodas con Enzo y ahora no se permitirá llorar.
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