Elara se acercó y se sentó en el borde de la cama, ignorando el peligro que representaba Dante cuando perdía el control, tomó su rostro entre sus manos y pegó su frente a la de él.— Tu mente está rota por el ricino, pero tu cuerpo sabe quién soy — murmuró ella, rozando sus labios con una suavidad tierna — Siente mi pulso, Dante, no miente.El contacto físico disparó una chispa de deseo en medio de la tragedia, y Dante cerró los ojos, inhalando el perfume de Elara que se mezclaba con el olor a sangre de la habitación, una combinación embriagadora.— Si muero hoy, quiero que sepas que esos ojos de mentirosa son lo más hermoso que he visto en este infierno — confesó él, su mano subiendo por el brazo de ella con una caricia febril.La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Lorenzo entró tropezando, su camisa estaba empapada de sudor y la palidez de su rostro indicaba que su propia herida le estaba pasando factura a su resistencia.— Elara, tenemos problemas, regresé por el callejón
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