El sol de Milán se filtraba por los vitrales de la capilla privada, tiñendo el suelo de mármol con manchas rojas y azules que parecían charcos de sangre anticipada, y el olor a incienso era tan denso que resultaba asfixiante.Elara caminaba por el pasillo central, sus pasos eran amortiguados por una alfombra de terciopelo. El vestido de seda blanca pesaba como una armadura de hierro, y su mejilla, aún inflamada por el golpe de Alejandro, palpitaba bajo el maquillaje.Entre sus manos, el ramo de lirios blancos ocultaba el frío acero de un cuchillo de caza. Sus dedos apretaban el mango con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, mientras su mirada se fijaba en el altar.Alejandro la esperaba junto al obispo, luciendo una sonrisa triunfal que ocultaba la rabia de su propia impotencia. A su lado, Vincenzo y Giacomo obser
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