La cabaña de pescadores emergió entre la niebla del lago como un espectro de madera podrida. Elara apagó el motor y el silencio la golpeó con fuerza.Dante estaba medio inconsciente, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Sus labios, agrietados por la fiebre, se movían sin emitir sonido, como si estuviera orando a Dios en ese momento de necesitad, recuperado una fe perdida hace mucho.— Ya estamos aquí, Dante — susurró Elara, sintiendo un nudo de bilis en la garganta. Al tocarlo, su piel quemaba, la infección no daba tregua.Lo arrastró al interior de la cabaña, un espacio asfixiante que olía a humedad, lo depositó sobre una mesa tosca, el único lugar lo bastante firme para seguir curándolo.Mientras limpiaba de nuevo la herida, el rostro de su padre, Marco De Luca, bailaba en su mente. « Arquitecto financiero », había dicho Sofía, « un lavador de dinero para los Montaño ».— ¿Cómo pudiste? — le preguntó Elara a la sombra de su padre, mientras sus manos, manchadas de la sangre de Dan
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