El motor del auto rugía mientras devoraba los kilómetros de la autopista secundaria. Elara mantenía las manos firmes sobre el volante, pero sus ojos saltaban constantemente hacia Dante.
Él estaba apoyado contra la ventana, con la frente perlada de sudor y la piel de un tono grisáceo que le helaba la sangre. Su mano derecha seguía presionando su costado, pero los dedos ya no tenían fuerza.
— Dante, quédate conmigo — suplicó Elara, aumentando la velocidad — Lorenzo dice que estamos a menos de die