El papel vitela crujió bajo los dedos de Dante, un sonido ínfimo que, en el silencio sepulcral de la biblioteca, resonó como un trueno. Elara no podía dejar de mirar sus manos. Esas manos que la habían sostenido en la oscuridad, que habían masajeado su vientre para calmar a sus hijos, ahora temblaban con una fragilidad que la aterraba.Dante desdobló el papel con una lentitud tortuosa. El ardor en su pecho se había transformado en un frío glacial que le entumecía los hombros. Elara se inclinó hacia él, buscando el calor de su cuerpo, su propia respiración entrecortada chocando contra la mandíbula tensa del hombre.— Hazlo ya — susurró Elara. Su boca estaba seca, el sabor a bilis de la mañana regresando con fuerza.Dante terminó de abrir el pliegue. No hubo una explosión, ni un grito, solo el peso de una verdad que llevaba más de treinta años esperando a ser exhumada. Dentro del compartimento secreto, protegido por el papel amarillento, no había una fotografía.Había vida congelada en
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