El punto rojo bailaba sobre el esternón de Elara, una marca de muerte que latía al ritmo de su corazón desbocado. La Casa de Hierro, diseñada para ser inexpugnable, vibraba bajo el impacto de las ráfagas exteriores.Alejandro entró por la puerta de seguridad, reventada por una carga de explosivos. Su rostro, mostraba su acostumbrada máscara de frialdad, que ahora se encontraba desencajada por una furia psicótica. El sudor le pegaba el cabello a la frente.— ¡Dámelo! — rugió Alejandro, su voz quebrándose en un gallo histérico — ¡Dame ese papel, Elara! ¡Sé que Miller lo tiene!Dante se interpuso entre el láser y Elara, su cuerpo una muralla de músculo y cicatrices. Pero fue la risa de Marco De Luca, emergiendo de las sombras de la sala de control, lo que detuvo el dedo de Alejandro en el gatillo.— Sigues siendo
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