El sudor le escocía en los cortes de los nudillos, pero Dante no se detuvo. El impacto rítmico de sus puños contra el saco de boxeo era lo único que mantenía a raya las voces en su cabeza. Cada golpe era una oración desesperada, un intento de exorcizar la imagen de la piel de Elara bajo sus manos. El deseo que sentía por ella no era una llama, era un incendio forestal que amenazaba con devorar su cordura y su honor.
Elara entró en la sala del gimnasio, deteniéndose en el umbral. El aire olía a