El estruendo de la alarma era un taladro en los oídos, una frecuencia sorda que convirtió la biblioteca en una jaula de luces ámbar. Dante no esperó. Empujó a Elara tras el refugio de un escritorio de roble macizo y se plantó en el centro de la estancia.
Su dedo acarició el gatillo con una familiaridad aterradora. El Carnicer0 había regresado, borrando al hombre que hace segundos suplicaba por un beso. Sus ojos grises, ahora convertidos en rendijas de acero, se clavaron en la rejilla de ventila