Elara despertó con el sabor amargo de la bilis y el eco de un grito atrapado en su garganta. No estaba en el suelo de mármol. Se encontraba sobre sábanas de seda negra en una de las habitaciones ocultas de la galería.
Dante estaba de rodillas a su lado, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello parecían cuerdas a punto de romperse. En sus manos sostenía un recipiente con agua helada y paños de lino.
— No me toques — logró articular Elara, pero un espasmo violento en su abdomen