El rugido del motor de la lancha hería el silencio sepulcral del Bósforo, pero nada era más ensordecedor que el borboteo de la sangre de Bianca mezclándose con el agua salada. El aire frío de la noche turca azotaba sus rostros, cargado de un olor a pólvora y hierro que se volvía insoportable.Dante mantenía el timón con una mano, mientras la otra presionaba su propio costado herido, sintiendo cómo el calor de su propia vida se escapaba entre sus dedos, pero sus ojos, inyectados en sangre y desesperación, no se apartaban de la figura inerte de su hermana.— ¡Haz algo, Elara! — rugió Dante, y su voz, siempre gélida, se quebró con un desgarro animal — ¡No dejes que se apague! ¡Ella es lo único que me queda de verdad!Elara se hundió de rodillas, y el impacto contra la madera húmeda le recorrió la columna como una descarga. El peso de su vientre, donde los mellizos se agitaron ante el estrépito, le recordó que la vida y la muerte estaban librando una batalla dentro y fuera de ella.Ignora
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