JavierNecesitaba respirar. O iba a explotar de una puta vez.Tenía el pecho oprimido. La rabia me subía por la garganta y se me tensaba en los hombros. Y, para colmo, tenía la polla dolorosamente, exasperantemente dura.—Joder.Raquel Delgado era un problema. Discutir conmigo solo estorbaba a la hora de hacer lo que había que hacer para salvarle la maldita vida. Y, además, conseguía que la deseara mucho más de lo que debería.Tenía razón: las mujeres que solían quererme no tenían una sola idea propia en esas cabezas bonitas. Eran muñecas vacías, criadas para obedecer. No armaban escándalos ni causaban problemas. Su único sueño era casarse bien y vivir cómodas.Pero Raquel era fuego y descaro. Respondía, mordía, se defendía. Yo quería avivar ese incendio, no apagarlo.Por desgracia, no tenía elección. Porque no necesitaba una reina. Necesitaba una pieza prescindible.—Eso ha ido de maravilla —oí a mi espalda.Me giré y vi a Víctor subiendo por l
Leer más