Javier
Necesitaba respirar.
O iba a explotar de una puta vez.
Tenía el pecho oprimido. La rabia me subía por la garganta y se me tensaba en los hombros.
Y, para colmo, tenía la polla dolorosamente, exasperantemente dura.
—Joder.
Raquel Delgado era un problema. Discutir conmigo solo estorbaba a la hora de hacer lo que había que hacer para salvarle la maldita vida.
Y, además, conseguía que la deseara mucho más de lo que debería.
Tenía razón: las mujeres que solían quererme