20

Javier

Necesitaba respirar.

O iba a explotar de una puta vez.

Tenía el pecho oprimido. La rabia me subía por la garganta y se me tensaba en los hombros.

Y, para colmo, tenía la polla dolorosamente, exasperantemente dura.

—Joder.

Raquel Delgado era un problema. Discutir conmigo solo estorbaba a la hora de hacer lo que había que hacer para salvarle la maldita vida.

Y, además, conseguía que la deseara mucho más de lo que debería.

Tenía razón: las mujeres que solían quererme
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