Raquel
—Una esposa nunca debería hacer esperar a su marido.
Javier se apoyaba en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
Llevaba las mangas remangadas. Por primera vez pude ver bien sus brazos: los tatuajes negros que asomaban por el cuello de la camisa y se enroscaban por sus bíceps marcados y sus antebrazos gruesos. Reprimí un escalofrío y me di la vuelta, cruzando la habitación con un andar despreocupado, como si me diera exactamente igual que estuviera plantado en mi puerta.
—Sabía