El pequeño Leo, impulsado por la curiosidad que es más fuerte que el miedo, se soltó de la mano de Julián y dio dos pasos hacia el umbral. Miró la figura de madera que Gael sostenía: un potro tallado con maestría, con las crines al viento y una base firme.—¿Tú lo hiciste? —preguntó Leo, con los ojos bien abiertos.Gael se puso de cuclillas, quedando al nivel del niño. En esa posición, la semejanza era aterradora; dos pares de ojos ámbar se encontraron, reconociéndose a través del tiempo y las mentiras.—Lo tallé yo mismo en el rancho, pensando en ti —respondió Gael, y su voz, siempre acostumbrada a gritar órdenes a los peones, salió suave, casi quebrada—. Se llama "Relámpago". Es madera de encino, de la que no se rompe fácil. Como nosotros.Leo tomó el juguete. Sus dedos pequeños rozaron la mano áspera y llena de cicatrices del vaquero. Elena sintió un pinchazo en el estómago; era el inicio de un vínculo que ella no podía controlar. Julián, de pie detrás de ellos, apretó la mandíbula
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