El silencio en el departamento de Elena era sepulcral, roto únicamente por el sonido metálico de las maletas cerrándose. Julián estaba de pie junto a la ventana, la misma donde tantas veces contemplaron juntos el futuro, pero ahora sus hombros estaban caídos y su mirada perdida en un Monterrey que le parecía ajeno.
Elena se acercó a él lentamente. Ya no llevaba el vestido blanco; vestía ropa sencilla, de viaje, la misma armadura de mujer trabajadora con la que llegó a la ciudad tres años atrás.