El tintineo de las espuelas sobre el suelo de la farmacia fue como el sonido de una sentencia de m@rte para la paz de Elena. Era un sonido fuera de lugar, un anacronismo rudo en medio de los estantes blancos y el olor a antiséptico de su negocio.Elena no se giró de inmediato. Se quedó de espaldas, apretando un frasco de vitaminas contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sabía que era él. Su cuerpo, ese traidor que conservaba la memoria de cada caricia, se lo gritaba con un escalofrío que le recorría la columna.—Estamos cerrando, señor —dijo ella, con una voz que intentó ser de piedra, aunque por dentro fuera de cristal.—A mí no me hables como si fuera un extraño, Elena —la voz de Gael sonó más cerca, cargada de ese tono mandón y profundo que siempre la había hecho ceder—. Mírame.Elena inhaló profundo, se puso la máscara de indiferencia que había ensayado por tres años y se dio la vuelta. Gael estaba allí, apoyado en el mostrador de cristal, quitándose el somb
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