El comedor de la hacienda Thorne parecía una sala de ejecución. El aire olía a cera de velas y a la madera vieja de los muebles que habían visto pasar generaciones de hombres recios y mujeres sufridas. Gael se quedó de pie, con el sombrero apretado entre las manos, sintiéndose por primera vez en su vida como un niño regañado bajo la mirada de su madre.
—Mamá, esto es un asunto entre Elena y yo —intentó decir Gael, con la voz ronca—, tú no sabes cómo me humilló en la ciudad, cómo me negó mi s@ng