El pequeño Leo, impulsado por la curiosidad que es más fuerte que el miedo, se soltó de la mano de Julián y dio dos pasos hacia el umbral. Miró la figura de madera que Gael sostenía: un potro tallado con maestría, con las crines al viento y una base firme.
—¿Tú lo hiciste? —preguntó Leo, con los ojos bien abiertos.
Gael se puso de cuclillas, quedando al nivel del niño. En esa posición, la semejanza era aterradora; dos pares de ojos ámbar se encontraron, reconociéndose a través del tiempo y las