La noche en el rancho cayó con un cielo plomizo que presagiaba lo peor. Para cuando terminaron de cenar, los relámpagos ya iluminaban los cerros de San Judas y la lluvia empezó a golpear las tejas con una violencia que hacía imposible cualquier viaje de regreso. Doña Rosario, con esa autoridad que nadie cuestionaba, sentenció que nadie saldría de la hacienda hasta el amanecer.
—El camino real se vuelve un río con este agua —dijo la anciana—. Elena, tú y el niño se quedan en el cuarto de huésped