Mila se quedó inmóvil en el último escalón de la escalera de caracol. El casino subterráneo era una joya de terciopelo rojo y luz tenue, pero para ella, se sentía como una fosa común. Ver a Dante estrechar la mano de Enzo Rossi, el hombre que dejó a su padre desangrándose en un callejón de Nápoles, fue como recibir un b@lazo en el pecho.La r@bia, caliente y espesa, reemplazó el miedo. Bajó el resto de la escalera con una elegancia gélida, dejando que el roce de su vestido negro contra sus piernas marcara el ritmo de su venganza.Dante levantó la vista. Sus ojos se oscurecieron al verla; el vestido negro resaltaba cada curva de su cuerpo y la palidez de sus hombros, pero fue la mirada de Mila lo que lo detuvo. Era una mirada que podía m@tar.—Mila, llegas justo a tiempo —dijo Dante, su voz suave, casi peligrosa—. Creo que conoces a Enzo.Enzo, un hombre de unos cincuenta años con una sonrisa de tiburón, se levantó para besarle la mano. Mila la retiró antes de que él pudiera tocarla.—
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