El camino de regreso a Monterrey fue un calvario de silencios. Leo dormía en el asiento trasero, abrazado a su caballo de madera, pero en la parte delantera de la camioneta, el aire quemaba. Julián mantenía las manos fijas en el volante, con los nudillos blancos, mientras Elena miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje de San Judas se desvanecía para dar paso al gris de la ciudad.
—Julián, lo de la yegua... —intentó decir ella, pero él la cortó con una suavidad que dolió más que un grito.
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