El silencio que siguió a la pregunta de Julián fue más pesado que cualquier grito. Elena se quedó mirando los pedazos de papel del cheque esparcidos por el suelo, sintiendo que su vida, esa que tanto le había costado levantar, se estaba desmoronando por las costuras.
Julián no se movió. Seguía allí, con el casco de seguridad en la mano y la mirada herida, esperando una respuesta que le diera permiso para quedarse o la razón definitiva para marcharse.
—Julián... —Elena suspiró, acercándose a él,