JULIETA
El sonido del disparo fue como un latigazo que fracturó la realidad. El cristal de la vitrina detrás de nosotros estalló en mil pedazos. No tuve tiempo de pensar; el instinto de madre tomó el control. Me arrojé al suelo, cubriendo el cuerpo de Leo con el mío, arrastrándome hacia el rincón más alejado de la cocina.
—¡Quédate abajo, Julieta! —gritó Liam. Su voz no tenía rastro de miedo, solo una autoridad gélida.
Escuché el hombro de Marcos golpeando contra la puerta de madera. Estaba fue