Elena estaba sentada en el borde de la cama, mirando sus manos, cuando Julián entró al departamento. El silencio entre ellos no era el de siempre; era un silencio que pesaba, cargado de reproches que aún no se habían dicho. Julián sacó el sobre amarillento que Gael le había entregado y lo puso sobre la mesa de noche.
—Dime que es mentira, Elena —dijo él, con la voz apagada—. Dime que ese animal no tiene razón al decir que todavía le escribes cartas.
Elena miró el sobre y sintió un escalofrío. S