El tintineo de las espuelas sobre el suelo de la farmacia fue como el sonido de una sentencia de m@rte para la paz de Elena. Era un sonido fuera de lugar, un anacronismo rudo en medio de los estantes blancos y el olor a antiséptico de su negocio.
Elena no se giró de inmediato. Se quedó de espaldas, apretando un frasco de vitaminas contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sabía que era él. Su cuerpo, ese traidor que conservaba la memoria de cada caricia, se lo gritaba con u