Monterrey la recibió con un bofetón de calor húmedo y un ruido que le taladraba los oídos. Elena bajó del autobús con las piernas entumecidas y la sensación de que el mundo se le venía encima. San Judas se había quedado atrás, pero el recuerdo de Gael, sentado en ese sillón con aquellas mujeres, se le había quedado pegado a la piel como el sudor.
Los primeros tres meses fueron un perro de pelea. Elena terminó viviendo en una pensión de mala muerte cerca de la zona industrial, un cuarto donde el