Después del juicio, la vida empezó a retomar un ritmo tenue. Roberto cumplía su libertad condicional, trabajando para devolver el dinero desviado; Maritza se dedicaba a cuidar a Lucía, cuya salud mejoraba gradualmente; y yo intentaba reconstruir la confianza que habíamos roto. El jardín, bajo el naranjo, se convirtió en nuestro lugar de reunión, donde hablábamos de papá y mamá, de los errores del pasado y de los planes para el futuro.Una tarde, mientras podaba las raíces del naranjo, noté que una rama gruesa, que creía rota, tenía un pequeño compartimento oculto. Dentro, encontré otra caja, más pequeña que la anterior. Al abrirla, descubrí unas cartas de papá a mamá, escritas antes de su muerte, y un vídeo grabado días antes del accidente. Las cartas hablaban de su intención de revelar todo, pero también de su amor por la familia: “Si tengo que morir, que sea para que ellos puedan vivir en la verdad”. El vídeo mostraba a papá con el hombre desconocido de la foto —un abogado—, prepara
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