Después del juicio, la vida empezó a retomar un ritmo tenue. Roberto cumplía su libertad condicional, trabajando para devolver el dinero desviado; Maritza se dedicaba a cuidar a Lucía, cuya salud mejoraba gradualmente; y yo intentaba reconstruir la confianza que habíamos roto. El jardín, bajo el naranjo, se convirtió en nuestro lugar de reunión, donde hablábamos de papá y mamá, de los errores del pasado y de los planes para el futuro.
Una tarde, mientras podaba las raíces del naranjo, noté que