Isabella Rich no recordaba la última vez que se había sentido verdaderamente relajada. Desde que el médico confirmó su embarazo y, casi en paralelo, su padre le cerró las puertas de la mansión familiar, el estrés se había convertido en su sombra. Ahora, sentada en el borde de una cama de metal que chirriaba con cada uno de sus movimientos, no comprendía cómo había terminado aceptando un almuerzo con Leo Peterson.Se ponía enferma de solo pensar en que tenía que buscar qué ponerse para ir a verlo. Leo no era un hombre cualquiera; era un magnate griego con una presencia que intimidaba y una elegancia que hacía que cualquier trapo que Isabella poseyera pareciera un insulto. Pero, en el fondo, sabía exactamente por qué había dicho que sí. No tenía dinero, no tenía casa propia y su situación no era la más idónea para traer un hijo al mundo. Había encontrado un camino, uno pavimentado con la arrogancia de un desconocido, pero un camino válido al fin y al cabo.Se acarició el vientre, que a
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