El regreso a casa ya no se sentía igual para Luciano.La rutina de cruzar el umbral se había transformado en algo completamente distinto. Antes, sus pasos eran apresurados, impulsados por la esperanza casi agónica de encontrar una sonrisa de Karina o algún gesto de complicidad que, con el tiempo, dejó de llegar. Sin embargo, en los últimos días, su mirada ya no buscaba la puerta cerrada del dormitorio principal. Casi sin darse cuenta, sus ojos se desviaban hacia el rincón de la estancia donde Ana solía estar. La casa, que antes le resultaba un espacio frío y ajeno, cobraba un calor acogedor cada vez que ella estaba cerca.Esa noche, al entrar, el pesado silencio del hogar fue interrumpido por la luz tenue de una lámpara de pie que bañaba la sala en tonos dorados. Allí estaba Ana, asomada por el barandal de la planta alta, vigilando su llegada. En cuanto sus miradas se cruzaron, el rostro de la joven se iluminó con una alegría genuina, y una expresión cargada de una feminidad suave que
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