Dante se quedó lívido, con la mirada fija en un punto inexistente de la pared blanca de la habitación. Las palabras de Karina: veneno, letal, Olivia, zumbaban en sus oídos como un enjambre de avispas. El pitido del monitor cardíaco comenzó a acelerarse, reflejando el caos que se desataba en su pecho. Dante creyó que no escuchó bien al principio y que se trataba de otra de sus alucinaciones.—¿Qué estás diciendo, Karina? ¿Cómo es posible? —logró articular Dante con una voz ronca y seca—. ¿Cómo pudo envenenarme en mi propia casa sin que me diera cuenta?Karina pensó que Dante no le creería, pero fue lo opuesto.—Es un veneno inodoro e incoloro, Dante —explicó Karina, manteniendo una calma profesional para no alarmarlo más—. Se camufla perfectamente con los síntomas de enfermedades comunes que ya tenías por todo el trabajo: fatiga extrema, náuseas, fallas orgánicas progresivas. Puse a todo mi equipo de toxicología a trabajar bajo presión y la conclusión es unánime. Dante, alguien te ha e
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