Desde el marco de la puerta, Karina observaba a Leo con ternura y nostalgia. El niño estaba sentado en la alfombra, completamente maravillado con el pequeño trencito de juguete que acababa de llegar en una caja sin remitente. Sin embargo, ella no necesitaba leer un nombre para saber de quién se trataba.
Reconoció la caligrafía elegante de la tarjeta de inmediato mientras las ruedas del tren giraban con un sonido suave y constante. La habitación parecía llenarse de una paz que, lamentablemente,