En el preciso instante en que sus labios se tocaron, el mundo exterior con sus ruidos de hospital y sus urgencias médicas dejó de existir. Dante la besó con desesperación y veneración, como si estuviera frente a un milagro que temía ver desvanecerse entre sus dedos. Sus manos, que apenas unos segundos antes temblaban de rabia contenida, mutaron hacia una delicadeza posesiva acunando el rostro de Karina con un fervor casi religioso, mientras sus pulgares delineaban sus pómulos con una adoración