Olivia cruzó el umbral de la mansión con la piel todavía encendida por el encuentro con Julián y el aroma de la leña de la cabaña impregnado en el abrigo que se quitó y lanzó al sofá.
Venía de una tarde de entrega desesperada; una de esas citas clandestinas donde intentaba ahogar su frustración en los brazos de otro hombre, pero el alivio de la cabaña se disipó apenas pisó el mármol frío del recibidor. El silencio de la casa no era de paz, sino de un vacío que le erizó los vellos de la nuca. No