Cuando Gala y Edmund regresaron aquella tarde, sus pasos resonaron con fuerza en el pasillo de la casa.Ambos estaban tensos, casi alterados, y apenas entraron al salón donde los esperaban Gael y Romina, las palabras explotaron sin control.—Lo siento mucho, Romina —dijo Gala, respirando agitadamente—, pero… Zacarías está loco por esa gorda.Romina, que estaba revisando unos documentos, se quedó inmóvil. Su rostro, siempre erguido, perdió el color en cuestión de segundos.—No… —murmuró, negando con la cabeza—. Claro que no. Mi hijo jamás se enamoraría de una mujer así. No de una gorda como ella.Edmund dio un paso al frente, y sin decir más, levantó el rostro para mostrar los moretones y los rasguños que aún sangraban levemente.—Él me golpeó por ella, madrina. Zacarías ha perdido la razón, ¿no lo ve? Está ciego. Esa mujer lo está embrujando o manipulando. No hay otra explicación.Gael, que hasta entonces había permanecido en silencio, golpeó con fuerza la mesa.—¡Maldición, Romina! Es
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