Camely se quedó mirándola, con los ojos llenos de ira contenida.
Todo en ella temblaba: sus manos, su respiración, incluso su voz, que parecía quebrarse entre la rabia y el dolor.
Frente a ella, Gala sonreía con esa expresión falsa que tanto detestaba, esa sonrisa que siempre escondía veneno.
—¡Ups! Fue un accidente —dijo Gala, alzando los hombros como si nada hubiera pasado.
Pero Camely no necesitaba escuchar más. Pudo ver en su mirada el brillo de la mentira, ese destello cruel que la delataba.
Sabía que lo había hecho a propósito.
—¡Lo hiciste a propósito! —gritó, con la voz quebrada entre furia y decepción—. Pero ahora irás por el anillo, o juro que te mataré…
No pensó, simplemente actuó.
La tomó del brazo con fuerza, el corazón, latiéndole como un tambor dentro del pecho, y la lanzó al agua con un empujón que ni ella misma se esperaba.
Gala soltó un grito agudo, desgarrador, antes de caer en la piscina con un chapoteo fuerte.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Camely re