Camely se quedó mirándola, con los ojos llenos de ira contenida.
Todo en ella temblaba: sus manos, su respiración, incluso su voz, que parecía quebrarse entre la rabia y el dolor.
Frente a ella, Gala sonreía con esa expresión falsa que tanto detestaba, esa sonrisa que siempre escondía veneno.
—¡Ups! Fue un accidente —dijo Gala, alzando los hombros como si nada hubiera pasado.
Pero Camely no necesitaba escuchar más. Pudo ver en su mirada el brillo de la mentira, ese destello cruel que la delataba